Nadie nunca la observaba, nadie nunca le prestaba atención; ella siempre sola en la última fila del autobús.
Su nombre era Rebeca, la chica de los más hermosos ojos azules que haya visto, era la única que no conversaba, la única que me veía con esa dulce mirada.
Nunca tuve el valor de decirle nada, ni un hola, ni un ¿qué tal?, nunca le dije nada.
Sólo me concentraba en su mirada y ella en la mía; todo el camino hasta el colegio, desde que entraba al autobús la buscaba y la encontraba sentada en la última fila, desde allí nos empezábamos a mirar, a pesar de que conversaba con mis amigos, no le quitaba la mirada.
Aún recuerdo esos momentos, ella allí sin decir nada, y cuando llegábamos al colegio, era la última en bajar. Sólo duró un año su estadía en nuestro colegio, pero no estudiábamos en el mismo salón, ya que segundo año de secundaria estaba dividido en cuatro secciones.
Pero el maldito día llegó, en el que subí emocionado al autobús para contemplarla como cada día. Y la sorpresa me invadió al no encontrarla más en la última fila del autobús.
Aún recuerdo su mirada, y su rostro hermoso, la mirada tierna, dulce de la cual nunca me voy a olvidar.
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